Los “desaparecidos” del imperio

Publicado: 12 enero 2012 de blades en Ciencias Sociales, Memoria

Atilio Boron

ALAI AMLATINA, 11/01/2012.-  Un artículo reciente firmado por John
Tirman, director del Centro de Estudios Internacionales del
Massachusetts Institute of Technology (MIT) y publicado en el Washington
Post, plantea con crudeza una reflexión sobre un aspecto poco estudiado
de las políticas de agresión del imperialismo: la indiferencia de la
Casa Blanca y de la opinión pública en relación a las víctimas de las
guerras que Estados Unidos libra en el exterior.(1)
Como académico “bienpensante” se abstiene de utilizar la categoría
“imperialismo” como clave interpretativa de la política exterior de su
país; su análisis, en cambio, revela a los gritos la necesidad de apelar
a ese concepto y a la teoría que le otorga sentido. Tirman expresa en su
nota la preocupación que le suscita, en cuanto ciudadano que cree en la
democracia y los derechos humanos, la incoherencia en que incurrió
Barack Obama –no olvidemos, un  Premio Nóbel de la Paz- cuando en su
discurso pronunciado en Fort Bragg (14 de Diciembre de 2011) para rendir
homenaje a los integrantes de las fuerzas armadas que perdieron la vida
en la guerra de Irak (unos 4.500, aproximadamente) no dijo ni una sola
palabra de las víctimas civiles y militares iraquíes que murieron a
causa de la agresión norteamericana.

Agresión, conviene recordarlo, que no tuvo nada que ver con la
existencia de “armas de destrucción masiva” en Irak o con la inverosímil
complicidad del antiguo aliado de Washington, Saddam Hussein, con las
fechorías que supuestamente cometía otro de sus aliados, Osama Bin Laden.

El objetivo excluyente de esa guerra, como la que amenaza iniciar en
contra de Irán, fue apoderarse del petróleo iraquí y establecer un
control territorial directo sobre esa estratégica zona para el momento
en que el aprovisionamiento del crudo deba hacerse confiando en la
eficacia disuasiva de las armas en lugar de las normas de aquello que
algunos espíritus ingenuos en la Europa del siglo XVIII dieron en llamar
“el dulce comercio.”

En su nota Tirman acierta al recordar que las principales guerras que
Estados Unidos libró desde el fin de la Segunda Guerra Mundial –Corea,
Vietnam, Camboya, Laos, Irak y Afganistán- produjeron, según sus propias
palabras, una “colosal carnicería”. Una estimación que este autor
califica como muy conservadora arroja un saldo luctuoso de por lo menos
seis millones de muertes ocasionadas por la cruzada lanzada por
Washington para llevar la libertad y la democracia a esos infortunados
países. Si se contaran operaciones militares de menor escala -como las
invasiones a Grenada y Panamá, o la intervención apenas disimulada de la
Casa Blanca en las guerras civiles de Nicaragua, El Salvador y
Guatemala, para no hablar de similares tropelías en otras latitudes del
planeta- la cifra se elevaría considerablemente.(2)

No obstante, y pese a las dimensiones de esta tragedia, a las cuales
habría que agregar los millones de desplazados por los combates y la
devastación sufrida por los países agredidos, ni el gobierno ni la
sociedad norteamericana han evidenciado la menor curiosidad,
preocupación, ¡ni digamos compasión!, para enterarse de lo ocurrido y
hacer algo al respecto. Esos millones de víctimas fueron simplemente
borrados del registro oficial del gobierno y, peor aún, de la memoria
del pueblo norteamericano mantenido impúdicamente en la ignorancia o
sometido a la interesada tergiversación de la noticia. Cómo lúgubremente
reiteraba el criminal  dictador argentino Jorge R. Videla ante la
angustiada pregunta de los familiares de la represión, también para
Barack Obama esas víctimas de las guerras estadounidenses “no existen”,
“desaparecieron”, “no están”.

Si el holocausto perpetrado por Adolf Hitler al exterminar a seis
millones de judíos hizo que su régimen fuese caracterizado como una
aberrante monstruosidad o como una estremecedora encarnación del mal,
entonces ¿qué categoría teórica habría que usar para caracterizar a los
sucesivos gobiernos de Estados Unidos que sembraron muertes en una
escala por lo menos igual, si no mayor?

Lamentablemente nuestro autor no se formula esa pregunta porque
cualquier respuesta habría puesto en cuestión el crucial artículo de fe
del credo norteamericano que asegura que Estados Unidos es una
democracia. Más aún: que es la encarnación más perfecta de “la
democracia” en este mundo. Observa con consternación, en cambio, el
desinterés público por el costo humano de las guerras estadounidenses;
indiferencia reforzada por el premeditado ocultamiento que se hace de
aquellos muertos en la voluminosa producción de películas, novelas y
documentales que tienen por tema central la guerra; por el silencio de
la prensa acerca de estas masacres –recordar que, luego de Vietnam, la
censura en los frentes de batalla es total y que no se pueden mostrar
víctimas civiles y tampoco soldados norteamericanos heridos o muertos;
y porque las innumerables encuestas que a diario se realizan en Estados
Unidos jamás indagan cuál es el grado de conocimiento o la opinión de
los entrevistados acerca de las víctimas que ocasionan en el exterior
las aventuras militares del imperio.

Este pesado manto de silencio se explica, según Tirman, por la
persistencia de lo que el historiador Richard Slotkin denominara el
“mito de la frontera”, una de las constelaciones de sentido más
arraigada de la cultura norteamericana según la cual una violencia noble
y desinteresada -o interesada solo en producir el bien- puede ser
ejercida  sin culpa o cargos de conciencia sobre quienes se interpongan
al “destino manifiesto” que Dios ha reservado para los norteamericanos y
que, con piadosa gratitud, los billetes de dólar recuerdan en cada una
de sus denominaciones. Solo “razas inferiores” o “pueblos bárbaros”, que
viven al margen de la ley, podrían resistirse a aceptar los avances de
la “civilización”.

El violento despojo sufrido por los pueblos originarios de las Américas,
tanto en el Norte como en el Sur, fue justificado por ese racista mito
de la frontera y edulcorado con infames mentiras. En el extremo sur del
continente, en la Argentina, la mentira fue denominar como “conquista
del desierto” la ocupación territorial a sangre y fuego del habitat, que
no era precisamente un desierto, de los pueblos originarios.

En Chile la mentira fue bautizar como “la pacificación de la Araucanía”
al nada pacífico y sangriento sometimiento del pueblo mapuche. En el
norte, el objeto del pillaje y la conquista no fueron las poblaciones
indígenas sino una fantasmagórica categoría, apenas un punto cardinal:
el Oeste. En todos los casos, como lo anotara el historiador Osvaldo
Bayer, la “barbarie” de los derrotados, que exigía la perentoria misión
civilizatoria, era demostrada por su … ¡desconocimiento de la propiedad
privada!

En suma: esta constelación de creencias -racista y clasista hasta la
médula-  presidió el fenomenal despojo de que fueron objeto los pueblos
originarios y liberó a los píos cristianos que perpetraron la masacre de
cualquier sentimiento de culpa. En realidad, las víctimas eran humanas
sólo en apariencia. Esa ideología reaparece en nuestros días, claro que
de forma transfigurada, para justificar el aniquilamiento de los
salvajes contemporáneos. Sigue “oprimiendo el cerebro de los vivos”,
para utilizar una formulación clásica, y fomentando la indiferencia
popular ante los crímenes cometidos por el imperialismo en tierras
lejanas. Con la invalorable contribución de la industria cultural del
capitalismo hoy la condición humana le es negada a palestinos, iraquíes,
afganos, árabes, afrodescendientes y, en general, a los pueblos que
constituyen el ochenta por ciento de la población mundial. Tirman
recuerda, como ya lo había hecho antes Noam Chomsky, el sugestivo nombre
asignado a la operación destinada a asesinar a Osama Bin Laden:
“Gerónimo”, el jefe de los apaches que se opuso al pillaje practicado
por los blancos. El lingüista norteamericano también decía que algunos
de los instrumentos de muerte más letales de las fuerzas armadas de su
país también tienen nombres que aluden a los pueblos originarios: el
helicóptero Apache, el misil Tomahawk, y así sucesivamente.

Tirman concluye su análisis diciendo que esta indiferencia ante los
“daños colaterales” y los millones de víctimas de las aventuras
militares del imperio socava la credibilidad de Washington cuando
pretende erigirse en el campeón de los derechos humanos. Agregaríamos:
socava “irreparablemente” esa credibilidad, como quedó elocuentemente
demostrado en 2006 cuando la Asamblea General de la ONU creó el Consejo
de Derechos Humanos, en reemplazo de la Comisión de Derechos Humanos,
con el voto casi unánime de los estados miembros y el solitario rechazo
de Estados Unidos, Israel, Palau y las Islas Marshall.(3) Lo mismo
ocurre cuando año tras año la Asamblea General condena por una mayoría
aplastante el criminal bloqueo a Cuba impuesto por Estados Unidos.

Pero no es sólo la credibilidad de Washington lo que está en juego. Más
grave aún es el hecho de que la apatía y el sopor moral que
invisibilizan la cuestión de las víctimas garantiza la impunidad de
quienes perpetran crímenes de lesa humanidad en contra de poblaciones
civiles indefensas (como en los casos de My Lai en Vietnam o Haditha en
Irak, para no mencionar sino los más conocidos). Pero esto viene de
lejos: recuérdese la patética indiferencia de la población
norteamericana ante las noticias del bombardeo atómico en Hiroshima y
Nagasaki, y los cables que enviaba el corresponsal del New York Times
destacado en Japón diciendo que ¡no había indicios de radioactividad en
la zona bombardeada! Impunidad que alentará futuras atrocidades,
motorizadas por la inagotable voracidad de ganancias que exige el
complejo militar-industrial, para el cual la guerra es una condición
necesaria, imprescindible, de sus beneficios. Sin guerras, sin escalada
armamentista el negocio arrojaría pérdidas, y eso es inadmisible. Y son
las ganancias de esos tenebrosos negocios, no olvidemos, las que
financian las carreras de los políticos norteamericanos (y Obama no es
excepción a esta regla) y las que sostienen a los oligopolios mediáticos
con los cuales se desinforma y adormece a la población.

No por casualidad Estados Unidos ha guerreado incesantemente en los
últimos sesenta años. Los preparativos para nuevas guerras están a la
vista y son inocultables: comienzan con la satanización de líderes
desafectos, presentados ante la opinión pública como figuras despóticas,
casi monstruosas ; sigue con intensas campañas publicitarias de
estigmatización de gobiernos desafectos y pueblos díscolos; luego vienen
las condenas por presuntas violaciones a los derechos humanos o por la
complicidad de aquellos líderes y gobiernos con el terrorismo
internacional o el narcotráfico, hasta que finalmente la CIA o algún
escuadrón especial de las fuerzas armadas se encarga de fabricar un
incidente que permita justificar ante la opinión pública mundial la
intervención de los Estados Unidos y sus compinches para poner fin a
tanto mal.

En tiempos recientes eso se hizo en Irak y luego en Libia. En la
actualidad hay dos países que atraen la maliciosa atención del imperio:
Irán y Venezuela, por pura casualidad dueños de inmensas reservas de
petróleo. Esto no significa que la funesta historia de Irak y Libia vaya
necesariamente a repetirse, entre otras cosas porque, como lo observara
Noam Chomsky, Estados Unidos sólo ataca a países débiles, casi
indefensos, y aislados internacionalmente. Washington ha hecho lo
imposible para establecer un “cordón sanitario” que aísle a Teherán y
Caracas, pero hasta ahora sin éxito. Y no son países destruidos por
largos años de bloqueo, como Irak, o que se desarmaron voluntariamente,
como Libia, seducida por las hipócritas  demostraciones de afecto de una
nueva camada de imperialistas. Afortunadamente, ni Irán ni Venezuela se
encuentran en esa situación. De todos modos habrá que estar alertas.

Notas:
(1) “Why do we ignore the civilians killed in American wars?” (The
Washington Post, 5 Diciembre 2011)
(2) Expertos internacionales aseguran que el número de víctimas
ocasionadas por Estados Unidos en Vietnam ronda las cuatro millones de
personas. La estimación total de seis millones subestima grandemente la
masacre desencadenada por el imperialismo norteamericano en sus
diferentes guerras.
(3) Añadamos un dato bien significativo: cuando la Asamblea General tuvo
que decidir la composición del Consejo, el 9 de Mayo del 2006, Estados
Unidos no logró los votos necesarios para ser uno de los 47 países que
debía integrarlo. ¡Toda una definición sobre la nula credibilidad
internacional de Estados Unidos como defensor de los derechos humanos!

– Dr. Atilio Boron, director del Programa Latinoamericano de Educación a
Distancia en Ciencias Sociales (PLED), Buenos Aires, Argentina

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